Mi primer día en Raleigh fue una explosión de emociones y sentimientos elevados.
Cuando llegué al aeropuerto de NYC para tomar mi tercer vuelo con destino a Carolina del Norte, pasé el mismo estrés que experimenté cuando llegué a Nueva York. Lo peor es que ahora cargaba tres maletas y mi bolsa de mano. Lo sé, parece como algo imposible de hacer, pero lo logré. A pesar de que las personas me veían como diciendo «¿Por qué tanto equipaje?» Que por cierto, debo admitir que un señor en el ascensor intentó «bromear» conmigo y me preguntó, entre risas, si llevaba un cuerpo dentro de mi maleta. Mi reacción fue como: Okay, qué comentario tan más extraño. En fin, el punto es que pasé un estrés muy grande porque llevaba el tiempo justo. No pude comer, no pude ir al baño, no pude hacer prácticamente nada. El vuelo tampoco lo sentí como algo muy agradable, ya que el avión era pequeño, hubo mucha turbulencia y no me tocó asiento en la ventana. Pero la parte agradable fue cuando el piloto por fin anunció nuestra llegada a Raleigh.
Nervios, emoción, miedo y esa sensación extraña de que el estómago se encoge. Pero qué bonito fue cuando escuché que alguien decía «Diana» a lo lejos. En ese preciso momento volteé y ahí estaba mi nueva familia, sosteniendo dos cartulinas que decían «Welcome to your new home in North Carolina». ¡Wow! Es una de las tantas cosas que sé que jamás olvidaré.
Ese día no pude conocer mucho de la ciudad, pero mientras nos dirigíamos a la casa pensé que este era mi lugar. El destino me trajo hasta aquí por alguna razón que aún desconozco. De lo único que estoy segura es que desde hace mucho tiempo soñé con esto y ahora es algo que tengo.
Extraño México, extraño mi cultura, mi comida, y más que nada, a mi familia. Pero sé que mi «aquí y ahora» es en North Carolina. Y otra vez digo: ¡Gracias vida!

